
He leído casi a la vez La zorra, novela actual, de Bora Chung, autora coreana, regalo de una gran amiga zorra, y Punto cero, escrita por Seito Matsumoto, escritor japonés, a mediados del siglo XX. Se han establecido tantos puentes y conexiones entre ambos textos, que llegué a pensar en escribir la reseña compartida. Siento que habría sido un error por dos motivos:
- Elegimos Punto cero como lectura del club Hora de Té&Libros de febrero y no quería dejar de compartir las suculentas aportaciones de mis compañeras lectoras.
- Me moría de pena si pensaba en recortar el comentario de todos los pasajes que me han alucinado de La zorra.

Y es que no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar, pues procuro no leer la información de la contra de los libros para poder llegar al texto que escribió la autora sin la introducción de editores o críticos. Lo he devorado, como si fuera yo la zorra protagonista, simbólica, mitológica y literalmente.
El estilo ágil y dialogado que tiene ha ayudado mucho. Personalmente, desconozco la tradición coreana, soy una ignorante vaya, apenas puedo decir que he oído campanas y no sé dónde. Así que, he disfrutado con el imaginario de la mujer-zorra, el perro-mensajero de la muerte, la abuela-protectora y toda la galería de personajes que van tejiendo la historia. Lo más curioso es que el hombre protagonista que se obsesiona con La zorra me ha provocado adoración y desprecio, casi simultáneamente.
“ – Tienes razón, no he hecho nada de lo que la gente de mi edad hace. No quiero seguir el mismo camino que todos, casarme y vivir como un clon. Quiero vivir a mi manera.
– ¿Vivir a tu manera? Alquilas un apartamento con el dinero de nuestros padres, apenas ganas para tus gastos y vienes a casa a comer y lavar la ropa. ¿Eso es vivir a tu manera?
No respondió.
– Jugar a ser un niño no va a parar el tiempo. Todo tiene su momento y su razón.” (p. 53)
Por desgracia, o por patriarcado, conozco a más de uno así, amigos incluso, que creyéndose muy especiales, buscando lo excepcional en el discurso, no hacen sino repetir la más viejas de las historias, tan antiguas como mediocres y patéticas, ya que estamos. Me gustaría un mundo donde hubiera más zorras de nueve -o de siete- colas que situaran a sus pretendientes donde merecen estar. Y aunque no suelo leer historias de terror, porque luego mi imaginación me juega malas pasadas, esta ha alimentado mis esperanzas. Deseo con mucha ilusión que el progreso de la humanidad ni vaya hacia atrás y que cada cual se responsabilice de su posición en el mundo para transformarlo en un lugar que podamos habitar todos los seres sin violencia y en paz.

Otro de los temas recurrentes en la novela es la cuestión del umbral de la muerte. Cuando la abuela intenta proteger al nieto con amuletos, pero ella es expulsada y se queda en coma, para los vivos, y en un estado latente para el retos de niveles del proceso de la muerte, surgen reflexiones muy acertadas por parte de cada personaje ante esta situación.
“ – Algún día morirá, pero aún no es el momento. ¿Recuerda por qué me invocó?
Negué con la cabeza. El perro cerró su cuaderno, lo colocó al lado de su silla y se acercó a mí en su sillón reclinable, como haría un médico. Me miró los ojos y la lengua, luego volvió a sacar el cuaderno y anotó algo.
– La pérdida excesiva de energía vital puede causar un daño prematuro en la memoria a corto plazo, lo que dificulta la labor de un guía… Esto podría ser un tema de investigación” (p. 77)
Así, que más que una reseña, esto es el resultado de la imperiosa necesidad de animaros a leer esta novela como una fábula contemporánea de las relaciones humanas desde el terror, la fantasía, la mitología y la absurda y contradictoria cotidianidad en la que vivimos.

