Reseña “El gigante de hierro”, de Ted Hughes, ilustrado por Chris Mould

Descomunal, inmensa, desproporcionada. Estos adjetivos me sirven para introducir la reseña de la “Historia en cinco noches” de Ted Hughes. Nunca la leí sin las ilustraciones de Chris Mould y ahora me siento incapaz de hacerlo. La edición de Blackie Books de El gigante de hierro es sencillamente perfecta. Pero vayamos paso a paso.

Ayer, en el club de lectura Enredada de Uguburú, asociación de amantes de la LIJ (Literatura Infantil y Juvenil), salieron apreciaciones visuales compartidas: el acierto en el diseño de cada página, en la propuesta visual de composición de las onomatopeyas, el tratamiento del color o el juego de las piezas en la cubierta y la contra, así como en las letras capitales que abren los textos principales. En ocasiones, los dibujos sobresalen frente al texto. Esta es uno de esos álbumes que son más que ilustrados, en el sentido de complementarios, sino que bien podríamos seguir el hilo de la historia (o de esa historia) como si fuera un álbum silente al estilo de “La invención de Hugo Cabret”, de Brian Selznick.

El gigante de hierro está publicada originalmente en 1968, lo cual es un dato interpretativo a tener en cuenta. Podríamos leerlo desde el miedo a la bomba atómica, el temblor y el eco de las guerras mundiales, el espacio exterior que se abre a ser dramática y cruelmente ensuciado e invadido. O incluso podríamos buscar lecturas relacionadas con la trágica pérdida de Sylvia Plath, exmujer del autor. Sin embargo, esta reseña la escribo yo y para mí nada de esto ha sido significativo antes de la puesta en común.

Durante tres noches (no cumplimos el mandato de la portada interior), mi hija Alice y yo, caímos en el juego narrativo y fragmentario de El gigante de hierro. A sus 10 años, ella ha sufrido por la trampa que atrapa (¿o se deja atrapar?) al monstruo como respuesta al miedo ante lo desconocido de los implacables granjeros. Ella no entendía por qué tomaban esa medida sin antes comprender al gigante, hablar con él o buscar otras alternativas, como luego propone el niño del tamaño de su oreja perdida.

Mientras Alice seguía con atención y angustia la aventura, yo disfrutaba de las metáforas y los símbolos que me iban apareciendo. La desproporción del gigante cuando cae al abismo, su descomposición y su reconstrucción sin mediar razón alguna, sin dolor, como parte del camino, que a veces no tiene sentido y sólo seguimos, paso a paso, sin saber a dónde nos lleva. O la belleza de las imágenes como la del gigante tumbado entre residuos de metal de los humanos que son desecho para nuestra especie y alimento para la suya. Por no hablar del dragón-monstruo-ángel (o algo así) que concluye la novela y que se despide con una esperanzadora mirada al cantar de las esferas estrelladas. Si es que no hay nada como apagar luces y pantallas, salir a la noche oscura y levantar la mirada. Siempre están allí, no les importamos, pero observarlas orienta nuestra existencia.

“Y resultó que las canciones del murciélago-ángel-dragón espacial tuvieron un efecto inesperado: de repente la Tierra pasó a ser un lugar maravillosamente plácido. Las melodías llegaron al interior de la gente y esta se volvió tan pacífica como el cielo estrellado. Los habitantes del mundo abandonaron su costumbre de pelearse a todas horas. La música suave y misteriosa del espacio los había cambiado. Dejaron de fabricar armas. Las naciones se centraron en vivir las unas junto a las otras, en lugar de intentar conquistarse. Todo lo que querían era vivir en paz para disfrutar de esa música extraña, vivísima, con la que los deleitaba aquel prodigioso cantante en el espacio exterior” (p.128)

Así que, como dijo otra lectora, Belén López Villar, El gigante de hierro no se agota en una lectura. Quizás no era la intención del autor, digo la de escribir un clásico, pero es que este resultado pocas veces es intencionado. Sencillamente, la flecha acierta en el objetivo. Por mi parte, estoy deseando volver a leerlo, mejor acompañada de esas miradas dulces que no tienen tanto miedo como las adultas, porque estoy convencida de que cada cinco (o tres) noches, esta historia crecerá, y crecerá y crecerá como el satélite o planeta o monstruo de esta página.

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