
Partiendo de una hipótesis arriesgada, la novela fluye entre escenas escalofriantes con la crueldad humana como protagonista hasta precisas escenificaciones de ruinas y humanos empáticos. Inquietante viaje desde el terror apocalíptico hasta la certeza de nuestra vulnerabilidad y fragilidad como especie.
El punto de partida es cuestionable: casos de personas que tras un inmenso dolor de cabeza se desmayan y recuperan la conciencia en otro cuerpo, sin conservar sus rasgos de identidad biopolítica, como la edad, el género o la etnia y geolocalización. Este arranque implica aceptar un dualismo entre mente/alma y cuerpo que hoy en día es muy difícil de sostener. Esta es la principal debilidad que veo a la historia. Me cuesta creer en La transmigración así planteada. Lo genial de Juan Jacinto Muñoz-Rengel, sin embargo, es que logra apasionarme con las voces de otros personajes, sobre todo, la del médico que añade verosimilitud desde su perspectiva pragmática científica. Y, en este sentido, además está magistralmente reflejada la incredulidad de esta especie. No aceptamos una realidad que no se ajuste a nuestras expectativas hasta que ya es demasiado tarde para intentar evitar la catástrofe.
“Y, a pesar de que nunca nada volvería a ser igual, la gente seguía obstinada en su trasiego diario, en sus urgencias minúsculas, bullendo y colmando las calles, con esa costumbre tan humana de planificar, de especular y de intrigar sin ser capaz de prever un solo cabello del futuro, esa bestia siempre oculta. (…) Habíamos amasado toda la luz, toda la ciencia; pero el escepticismo se cebaba en nosotros desde el momento en que tuvimos toda la información en la palma de la mano” (p. 11)
El tono de La transmigración es, por momentos, demoledor. Queda poco margen de esperanza en la humanidad, al menos desde la conciencia y la responsabilidad del capitalismo salvaje actual. Después del desencanto y el desengaño tras el sueño de la Ilustración, ahora que cuestionamos la «paz perpetua» entre las naciones, incluso la idea misma de progreso, leer novelas de ficción como esta, sirve como experimento mental. ¿Está ocurriendo algo así de facto y no queremos verlo? Escribo mientras el viento y la tormenta azota una casa con un techo seguro y caliente, pero cuán volátil y vulnerable es este momento. ¿Qué debemos hacer? y ¿qué nos cabe esperar? Estas preguntas kantianas sobre las que quiso fundar su ética formal sigue siendo actuales, de hecho, actualizables permanentemente.

Tomar conciencia y responsabilizarnos de nuestros actos y decisiones es el primer paso. Gracias a la ficción, imaginando escenarios apocalípticos como el de La transmigración que esperamos que nunca lleguen, surgen preguntas interesantes: ¿qué harías tú si te reencarnaras con la memoria de otro cuerpo, en concreto el de un doctor jubilado, que ha jurado curar y proteger la vida, y te despertaras de un día para otro en el cuerpo de un bestia psicópata que trabaja en un matadero donde se tortura por sistema a los seres vivos? ¿Qué te daría más miedo: matar o morir?
“Le restriega el hocico contra su palma, llena sus carrillos y entrecierra los ojos de gusto. El cirujano siente las cosquillas y sonríe también; le parece increíble cómo reaccionan al afecto, después de no haber conocido otra cosa que el maltrato” (p. 97).
Esta reseña podría hablar entonces de la relación cuerpo y mente, si podemos sostener aún el dualismo racionalista o religioso, pero me interesa destacar el alegato en favor de las formas de vida no humanas, de los animales maltratados en concreto. Desde que he leído alguno de sus pasajes, me aborrezco, me detesto como inconsciente comedora de carne y productos lácteos, todos resultado del dolor, de la crueldad y del sacrificio en favor del capital, de la plusvalía y del enriquecimiento de seres mezquinos. Desde que he leído La transmigración no he vuelto a comer carne, no creo que pueda hacerlo ya nunca más. Y no es que desconociera esta realidad, es que la fuerza de los pasajes que transita uno de los protagonistas, enfrentados a la bella libertad, impiden que mires a otro lado.
“Sería necesario liberar otras tantas decenas de miles de granjas y mataderos en los que ahora se encuentran los animales atrapados, para que tuvieran una oportunidad de sobrevivir (…) Pero quién va a hacerlo, a quién le importarían en un país que sacrifica cincuenta millones de cerdos al año, tantos como su número total de habitantes. Cada año” (p. 132)
El relato, no obstante, se dirige hacia un horizonte esperanzador, es un llamamiento a favor de un mundo mejor que este que habitamos donde el sufrimiento se extiende y la mayor pandemia es el sinsentido. Pero hay opciones, siempre las ha habido y siempre las habrá. Y no implican tantas renuncias, son espejismos, falacias posmodernas que nos inmovilizan. Si alguien se cuestiona el valor de las historias, La transmigración es un buen ejemplo de cómo situarnos en un contexto devastado por la violencia y el miedo, genera las condiciones de posibilidad para la transformación.
“La faz de la tierra está mudando su piel. Se aproxima una nueva era en la que los animales serán dichosos, no sufrirán más el exterminio sistemático ni la tortura. Ni padecerán la maldición de intercambiar los cuerpos, porque con sus cuerpos y rostros indiferenciados no han sucumbido a la ilusión de la identidad ni del ego” (p. 133)
Sí, es que esta novela es también una lección de humildad. Queridos cuerpos materiales que sustentan y con los que se entrelazan las conciencias de los seres humanos, somos despreciables, pequeños, insignificantes. La Tierra sigue girando con y sin nosotros. Puede que incluso lo haga mejor cuando desaparezcamos y dejemos de perturbar sus ciclos. Pero ya es tiempo de olvidar esos diminutos detalles con los que nos identificamos: no somos nuestro trabajo ni nuestra profesión, no somos nuestra apariencia, no somos un avatar ni un perfil virtual. ¿Quiénes somos? En la pregunta está la respuesta. Quizás la paz pueda llegar si dejamos de definirnos de manera esencial y en contraposición al otro. O a la otra.
“Él nunca ha querido ser una amamantadora (…) Se echa la mano a la entrepierna. Siente vértigo, náuseas. ¿Una paridora? ¿Por qué? (…) Él nunca ha querido un cuerpo de mujer (…) Su madre, aquella mujer con miedo a estar sola, que lo forzó a compartir tantos momentos de obscena intimidad” (p. 58-59)
Recuerdos que son anclas donde quedamos varados en el instante fugaz que es nuestra vida. ¿Quién eres tú? preguntaba la oruga a una Alicia inocente que había caído por el agujero del inconsciente. ¿Por qué importa que seas tú y no otro? ¿Qué te hace ser tú? Siguiendo el dilema del barco que es despiezado y reconstruido de nuevo cuestionando si había salido y llegado el «mismo» barco, ¿eres algo más que la suma de tus elementos?
“Y cuando dispones de tiempo puedes pararte a pensar que todo en nuestra vida es inestable, no sólo ahora, también antes, nuestras dudas no son nuevas, quiénes somos, qué buscamos, adónde nos dirigimos, qué nos hace ser lo que somos. (…) Nada es estable y por eso necesitamos un propósito que perdure” (p. 213).
Filosofar al lado de Juan Jacinto Muñoz-Rengel me ha dejado un sabor agridulce. He disfrutado con su precisa construcción de las voces y la trama, se nota que es maestro de historias, propias y ajenas. Pero me ha enfrentado a un espejo negro (black mirror) al que es difícil sostener la mirada. De todas formas, siento que ha vuelto a encender la llama de la respuesta en mi interior por lo que estoy enormemente agradecida. No quiero vivir una vida zombie y apática. Quiero jugar y quiero vivir.
“Y tú siempre has estado en el centro de todo, en el vórtice del torbellino, siempre lo has sabido, sí, tú, que leías los signos, interpretabas los hechos y buscabas las señales, tú, que te esforzabas en entender, en ser mejor persona y en encontrar un sentido, a pesar de la debacle de los acontecimientos, a pesar de los cambios que arrasaron el mundo conocido y de que en tu transmigración perdieras la mitad de tu identidad, la mitad de ti que pesaba, que sentía y era de carne, la que te era más importante. Todo esto, toda la espiral y la tormenta, ha girado siempre a tu alrededor” (p. 253)


