
¿Tú cómo lees? En nuestro club de lectura Hora de Té y Libros solemos tomar nota, quizás a lápiz en la contracubierta, quizás en una de las libretas, también señalamos las frases o los pasajes que nos afectan quizás a lápiz, quizás con las tiras magníficas que compramos en Un mundo feliz. Pero, ¿qué ocurre cuando termina un libro y vas a preparar la sesión del club o a escribir la reseña y sólo tienes una página marcada con una frase subrayada?
“Por entonces (…) los hombres japoneses estaban desanimados, pues la derrota en la guerra había sido un duro golpe para su amor propio. En ese punto cero, por así decirlo, fueron las mujeres las que tiraron del carro” (p. 277)
En esta ocasión es evidente que lo he leído sin descanso, en un par de sentadas, con el aliento contenido, en una trama noir tan vibrante y adictiva, como elegante. Y el caso es que alguna lectora lo ha sentido como repetitivo y recuero esa impresión en los momentos iniciales, hasta que vi que las escenas eran muy similares, pero nunca idénticas, dejando miguitas a quienes leemos la trama y poder avanzar en la investigación en paralelo a la protagonista, sin grandes efectismos.

Punto cero es una novela escrita a mitad del siglo XX por Seicho Matsumoto, escritor japonés, que aprovecha los recursos del ambiente tradicional nipón: el jardín Kenroku-en, la ciudad costera de Kanazawa, los rituales de hospitalidad, alrededor del té o de las visitas formales y los contrastes entre el ambiente rural, la costa o la agresividad empresarial de Tokio.

La protagonista de Punto cero es una mujer, que llevará el caso de la investigación de la desaparición de su reciente esposo, diez años mayor que ella, tras un matrimonio acordado. La evolución de Teiko Itane es maravillosa, pasando de ser una muchacha inocente de 26 años a una detective que brilla por su capacidad de observación, su valentía y su ingenio. Llama la atención, insisto, como la trama se mueve en espiral, o casi diría en fractales, con aparente repeticiones, que no son tales, que van dejando pistas y que te animan a releer pasajes sutilmente descritos. Teiko vuelve a su hostal tras cada novedad para ordenar con serenidad el progreso de sus conocimientos. Una calma necesaria para la averiguación, el descubrimiento y, mutatis mutandi, el aprendizaje. Como en clásicos que podamos conocer de Agatha Christie, por ejemplo, donde una conversación en el tren o una prolongada mirada por la ventana, sirve para dar con el asesino. Y no el manido yanki torturado que se va al bar a intoxicarse y allí parece que le llega la visión.
Por otro lado, me veo en la necesidad de señalar la belleza de los viajes en tren necesarios para los contactos con el jefe y con un compañero que hace las veces de Dr. Watson, necesarios en un mundo analógico donde había que desplazar el cuerpo para mantener un diálogo: ¡oh tempora, oh mores! Nostalgia extrema en este contexto como en los paisajes de los acantilados donde ocurren suicidios, las nieves del norte o el puerto. Cada una de estas pinceladas componen un cuadro hermoso y profundo, que satisface plenamente en la lectura. Una buena historia no necesita el espectáculo ni el brillo de las nuevas narraciones, sino que llega por la delicadeza de ese dibujo.

Por último, decir que la sociedad japonesa es famosa por su machismo, tradicional y contemporáneo, aunque no conviene olvidar que siempre, siempre ha habido libertad femenina. En Punto cero juegan un papel importante las panpan, mujeres prostitutas famosas por vestir con colores llamativos, hablar inglés y relacionarse con los soldados estadounidenses tras la segunda guerra mundial. Kinuyo Tanaka, excelsa actriz y directora de cine nipón de posguerra, vislumbró un futuro artístico igualitario para las creadoras en su país siempre que los autores varones apoyaran esta justa reivindicación. Así que, agradecemos a estos autores, como Seito Matsumoto, que devuelven el protagonismo a las mujeres en sus historias y nos permiten conocer todo el Japón, más allá de las jerarquías samurais.


