
Poca broma con contar la historia de una ciudad como Beirut antes y después de 15 años de guerra civil. Un país, Líbano, que sufre y celebra en un vaivén constante, que podría ser aniquilador, pero que extiende visiones esperanzadoras y optimistas de la vida, los seres humanos y las civilizaciones. El piano oriental es la historia de un fracaso, como compartió ayer Ana Aguilera, una de las lectoras de la Hora de Té&Libros, que cumple 10 años, por cierto. Pero no es trágica, sino que rompe con la lógica del éxito. No tiene un final edulcorado como las narrativas políticamente correctas a las que nos tienen acostumbradas. Sencillamente, así es la vida: unas veces se gana y otras se aprende. Y mientras, cada día, con suerte, nos debemos a nuestras obsesiones y a nuestras genealogías.

La autora, Zeina Abirached, ya había puesto el acento en el conflicto y en la nostalgia en sus otras obras reconocidas («El juego de las golondrinas» y «Me acuerdo. Beirut»). En esta ocasión, inventa una versión de la vivencia de su abuelo, afinador de pianos, obsesionado con crear uno de igual semejanza al occidental pero que pudiera expresar el cuarto de tono oriental. Es bonito ver cómo el contexto de descubrimiento en las ciencias y en las artes, nace del deseo de alguien por transformar lo dado y expandir las posibilidades de todas las condiciones humanas.

El piano oriental, además destaca por su gráfica, con ese juego de blancos y negros, como el teclado del piano, que tan bien utiliza Zeina para tejer los dos hilos de la memoria: el pasado del abuelo y el presente de su propia emigración a París. La historia del afinador, pautada por los sonidos de su gorro, de sus pisadas, del pájaro enjaulado de su cuarto, mientras que ella reconstruye su lengua materna en una fusión aceptable de árabe y francés. En el comentario de ayer, vimos un punto de fuga y no tanto un mirar a otro lado. Vimos una posibilidad de superar los conflictos impuestos (guerras, religiosos, coloniales), desde el reconocimiento del hogar (ella siempre “vuelve” a Beirut) pero con la aceptación de la cultura a la que se llega (posibilidades y aprendizajes del mestizaje, de la globalización e incluso, de la perspectiva).

Sin embargo, cada vez que hablo o, más si cabe, si escribo sobre Oriente Medio, me doy cuenta de lo terriblemente sucias que están las palabras y del absoluto desconocimiento que tenemos en Europa. Nos movemos entre un orientalismo kitch y una alarma creada para sostener, garantizar y reconfortarnos en nuestros privilegios (que para más inri, muchos ven como derechos). Muchos temas polémicos sobre la mesa, que duelen al ser frivolizados, pero que merecen nuestra atención. Leer historias a las que no solemos acceder, como las que difunde en su excelente trabajo la Fundación Tres Culturas, a través de su excelsa biblioteca Fatima Mernissi, es una oportunidad para aprender y salir de discursos vacíos, opresores y aplastantes. En mi caso, sabía muy poco de la historia reciente de Beirut (más allá de lo que nos llega, manipulado casi siempre, en las noticias) y ahora ardo en deseos de leer más, de conocer más. Por ejemplo, quiero volver a ver la película de animación tan aclamada “Vals con Bashir” y leer el libro “La cuarta pared”, de Sorj Chalandon.
Así, siempre leer debe ser una experiencia removedora, gratificante, estimulante, que abra puertas, ventanas, tragaluces o cualquier espacio de aventura e investigación, para no sucumbir en los pantanos de tristeza o terminar como la vetusta Morla, creyendo de veras que “nada importa”.


