Moon Tiger, Penelope Lively


“Nuestro concepto del tiempo era personal y semántico (la hora del té, la hora de la cena, la hora de irse, las horas muertas…)” (p. 10)


Claudia Hampton es vieja y se está muriendo en la cama de una institución clínica lejos, muy lejos del Cairo de su juventud de periodista de guerra. Sin embargo, la distancia física y temporal no impide que su memoria se ponga a la tarea de escribir una “historia universal” contando la suya. ¿Por qué no? ¿Acaso los libros de las escuelas que ostentan el título de “Historia Universal” están más cerca de contar la verdad de la humanidad? ¿Acaso es más “universal” la objetividad de los documentos que han sobrevivido a incendios y guerras que la narración de los protagonistas? “Una vez se registra todo por escrito, podemos saber lo que realmente ocurrió” (p. 181)

De hecho, hay más de un claro ejemplo de la teoría de Donna Haraway sobre el conocimiento situado, que defiende en su libro “Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza”: “independientemente del tipo de método empleado, ningún conocimiento está desligado de su contexto ni de la subjetividad de quien lo emite”. Dice Claudia en Moon Tiger: “Escribí mi libro sobre México por incredulidad. Hernán Cortés no podía ser real. (…) Una historia que es también, cómo no, el reflejo de la mentalidad de un estadounidense ilustrado y reflexivo de 1843. Al igual que mi forma de ver las cosas se corresponde a la de una mujer inglesa, polémica, independiente y testaruda de 1954” (p.207).

Esta novela río, porque cuenta la vida de Claudia y porque fluye con la ligereza de las aguas, recorre desde la infancia con su genial e incestuoso hermano Gordon hasta la desdichado apego con su hija Lisa pasando por la intensa relación con el militar Tom, que ¡atención spoiler!, muere, como la mayoría de los soldaditos que juegan a patrias, sangre y fuego. De hecho, si tuviera que clasificar Moon Tiger en una categoría, diría que, más que hablar de política e intrigas, que también, es un historia de amor con alto contenido erótico.

“Supongo que podría decirse que si superé con tanta facilidad el examen de ingreso en la universidad muchos años después fue gracias a mi despertar sexual. (…) Yo me sentía estimulada por mi acuciante sexualidad y por mi necesidad de hacerlo todo mejor que Gordon. (…) Conseguí confundirlo y asustarlo. Al final del verano, el pobre estaba tan caliente como nosotros” (p. 39).

Si algo debo destacar de Moon Tiger es la genialidad de Penelope Lively para crear escenas de alta intensidad, como cuando describe el encuentro con cadáveres reventados por minas, el deseo, la atracción o la pérdida de las palabras, hecho terrible especialmente para ella, que siempre ha sabido ser independiente de manera profesional contando historias.

“Hoy el lenguaje me ha abandonado. He sido incapaz de recordar el nombre de una cosa de lo más sencilla…, de un accesorio doméstico elemental. Por un momento, me he quedado mirando al vacío. El lenguaje nos ata al mundo” (p.59).

De hecho de lo que no quiero hablar en esta reseña es de la guerra, muy presente en todo el texto. “La guerra tiene poco que ver con la justicia o con el valor o con el sacrificio” (p. 142). Me ha interesado más el aspecto de la crónica y de las diversas nociones de la historia que se manejan. “Me gustaba leer libros de historia. (…) Cuando las cosas se ponen feas, te das cuenta de que la historia es algo real y que por desgracia tú formas parte de ella. Tendemos a creernos inmunes a todo” (p.143).

Moon Tiger empieza con la certeza de la muerte. Es curioso como la literatura gira alrededor de este concepto, como la humanidad, como la vida misma, vaya. “La gente se muere; los cuerpos se desintegran. Pero la muerte es intolerable” (p. 159). La posibilidad de trascendencia, contando tu historia o con la preservación de tus símbolos cotidianos (como en el antiguo Egipto) conecta a la Claudia de ahora con la que fue y con la civilización que una vez admiró. Al menos el brillo que se ha contado de sus historias alrededor del Nilo.

“Algunos días no podía encender la radio ni leer el periódico, como si la ignorancia pudiera aislarme de la realidad. (…) En realidad, el mundo no es más seguro que hace veinte años. Pero aquí seguimos: por el momento. (…) La expectativa diaria de la calamidad es demasiado agotadora” (p.242)

Y es que de esos polvos, estos lodos. Siempre me descubro ignorante sobre lo que pasa y ha pasado alrededor de la guerra en Palestina. De hecho, hay una mención en nota que desconocía absolutamente: “El Leji (acrónimo hebreo de Lojamel Jeru Israel, “Luchadores por la Libertad de Israel”) fue una organización terrorista paramilitar sionista fundada en 1940 por Abraham Stern con el objetivo de desalojar por la fuerza a las autoridades británicas de Palestina, a fin de crear un Estado para el pueblo judío” (p. 165).

Moon Tiger es un continuo diálogo entre la vida y la muerte, entre la acción y la contemplación, entre el ser hija y el ser madre, con reflexiones duras (“La maternidad está rodeada de un inmenso y umbrío jardín” p. 178) y tiernas. Una mujer que quería alcanzar el éxito profesional en estos años no se podía permitir ser madre. Pero la Claudia enamorada no quería oír hablar de no tener al hijo de Tom. Las otras mujeres (su hija Lisa, su cuñada Sylvia, su amiga Camilla) no se proyectan tan desafiantes ni ardientes en sus deseos. Desde los ojos de Claudia, las vemos casi vulgares, planas, repetitivas. Ella se sabe inteligente, guapa y poderosa. Lo cual es el mayor pecado de una hembra (como consta en otras reseñas que he leído donde atacan a la protagonista que yo admiro).

“Me acostaba en la cama llorando por la muerte de Tom, pero durante el día, cuando escuchaba a hombres y mujeres bien alimentados y complacientes diseñar el futuro y reinterpretar el pasado, me enfurecía. (…) La historia es desorden, quería gritarles: muerte, barro y desperdicio. Y aquí están ustedes, sacándole todo el partido posible y trazando patrones en la arena” (p. 204).

Finalmente, me interesa destacar las coincidencias en la lectura y el sentido del humor, que dentro de la tragedia, deja ver Penelope Lively desde el cinismo y la broma valiente. Ya sabéis lo que dice Alejandro Casona, algo así como que no hay nada lo suficientemente serio para no poder decirlo con una sonrisa. “El nombre de Claudia aparecerá en los créditos de la película como asesora histórica. Lo pensó mucho, bueno, unos diez minutos [jejeje], antes de aceptar. Al final, le pudo la avaricia, junto con la curiosidad. (…) Además, podría ser divertido: al menos era algo diferente. Claudia, a sus cuarenta y seis años, está inquieta. Más inquieta incluso de lo que acostumbra” (p. 209).

“Quizá sería más fácil si creyera en Dios, pero no es así. (…) Y sólo puedo explicar esta necesidad mediante una extravagancia: mediante mi historia y la del mundo. Porque, a menos que sea parte de todo, no soy nada” (p. 272).