
“Me gusta más el libro cuando he oído hablar de él a la autora”
Sirva esta afirmación de una de las lectoras de la Hora de Té y Libros para resumir el poso sobre el que voy a construir esta reseña. O también otra expresión que salió en el encuentro:
“Me gusta más el libro tras el comentario en el club de lectura”
Esta última, sin embargo, es más frecuente, porque siempre enriquece y alimenta el hecho de compartir la palabra, máxime si es en un espacio seguro con amigas lectoras.

Ciertamente, me pregunto cómo habrán sido los intercambios con lectores varones de Comerás flores. Igual que muchas observaron ayer que por los anglicismos, las expresiones, las referencias musicales o la interrupción de las notificación de las redes sociales en el texto, parece que la novela se dirige a un público joven, siento curiosidad por saber cómo lo han leído algunos hombres (hasta ahora sólo he conocido lectoras).
En cualquier caso, es un libro que está de moda, como confirmaron las 20 lectoras que acudieron este miércoles a la librería Un mundo feliz. Puede que tenga una campaña de marketing fuerte o puede que sea de nuevo una historia necesaria, aunque para algunas esté plagada de estereotipos, clichés y personajes inverosímiles (Aunque «los clichés también existan», como dijo una lectora). Sin embargo, la mayoría de ellas se han sentido interpeladas, bien por poner en juego todas las violencias menos conocidas (mal llamadas sutiles), como las ausencias, el silencio como castigo o los comentarios sobre la apariencia o regalar ropa con una talla de más, o bien por el TCA (Trastorno de la Conducta Alimentaria) por el que se precipita la protagonista como una forma de garantizar un mínimo control en la deriva de su vida (aunque sea un autoengaño de libro).

Comerás flores ha sido clasificado por la mayoría de la crítica como una revelación en una autora joven que ha sabido acertar con el tema y la forma en que lo cuenta. El estilo fue definido ayer como fresco, que engancha (a modo de telenovela, donde quieres saber qué va a pasar en esa relación tóxica) y original. En este punto, lamento no estar de acuerdo. Es cierto que la lectura no es exigente y que en una tarde o un par de sentadas lo puedes leer. Tiene todos los elementos de un best seller, quiero decir que así está confeccionado (con o sin intención consciente): pasiones perseguidas, miedos, tabú, genealogías, violencias conocidas, sociedad del consumo, muerte del padre, sensación de pérdida de sentido vital, etc.
El punto de vista de Comerás flores es una primera persona subjetiva desde la que vemos el mundo. Marina, la protagonista, nos habla de su familia, de sus amistades, de su trabajo, de sus compañeros y, por supuesto, de Jaime, el cuarentón que viene a suplir la ausencia del padre muerto, en esta reproducción del cliché más sobado del patriarcado. Ojalá este flujo de conciencia no lo usaran escritoras que no llegan al dominio de la técnica, cuyo referente es Virginia Woolf, pues la lectura se hace engorrosa, previsible, cansina y superficial, llegando a provocar pesadillas en algunas de nosotras.

Insisto en que a la mayoría les ha apasionado Comerás flores. Vuelvo a dejar claro que esta es mi opinión recogiendo lo comentado ayer y mi propia lectura. Y me sorprende que haya calado tanto aunque entiendo que el contexto de retroceso, tanto de facto, como de propaganda, nos lleve a tener que revisar algunas situaciones que ya creíamos superadas. Lo cual no quiere decir que el conocimiento o la información nos libere del maltrato y de las violencias que sufren nuestros cuerpos de mujeres. Volvemos al «a mí no me va a pasar» o «esto no es un caso de maltrato, es que no le entienden, yo le conozco bien». Más bien, lejos de cuidarnos, parece que nos precipitara hacia ellas. Así, de nuevo, la protagonista, blanca, heterosexual, de clase media alta, con estudios superiores, se define en el arranque de la novela como “aburrida” ante las relaciones sexo-afectivas. Y como dijo otra lectora ayer, con Jaime se tira a la piscina a “experimentar” con unas arañitas que le recorren el cuerpo, en lugar de las clásicas mariposas del amor romántico.

Sin embargo, bien podría ser de nuevo ese príncipe azul que tanto nos han querido meter con calzador: guapo, exitoso, atento (de más, no, gracias). Y de nuevo, Comerás flores parece que es auténtico porque nos recuerda que las opresiones y la violencia de género no empiezan con una paliza, sino destrozando tu identidad y tu autoestima. Dicen de Jaime que es un ser narcisista y que ambos son personas inseguras. La verdad es que no creo que la novela profundice ni haga crecer a los personajes, que apenas evolucionan y son arquetipos de principio a fin. Por eso, el comentario del club de lectura ha enriquecido el texto, con frases sabias de las abuelas, como que este personaje no es ni más ni menos que un “candilico de puerta ajena”, es decir, que seduce y engaña en lo público (vaya red flag que se defina como «creador de atmósferas»), pero según se cierra la puerta, en privado, es un monstruo.
Lo mejor de la novela: sirve como disparador mainstream para el diálogo y la reflexión sobre algunas formas de opresión y maltrato del patriarcado.
Lo peor de la novela: no se arriesga ni profundiza, con una historia llena de clichés, imposturas narrativas, superficial y que pierde la oportunidad de ser transgresora y avanzar en la problemática.

