Todo lo que perdemos, lo olvidamos y de ahí lo que somos

Título: El libro de las cosas perdidas (The Book os Lost Things, 2006)
Autor: John Connolly
Traductora: Pilar Ramírez Tello (2008 y 2018)
Ilustraciones: Riki Blanco



Lectura de la sesión de Diciembre en Lemon Rock de “Los martes son muy de gafas”

Empezar una lectura con la sinopsis es como elegir un libro tras haber leído la contraportada. Queridxs amigxs lectorxs: nunca debemos olvidar que el texto lo escribe el autor o la autora y la contraportada -casi siempre- la editorial, y por tanto, responde a criterios de mercado. No necesariamente literarios, o al menos, no rigurosamente (salvo maravillosas excepciones).

Así que, esta vez, y con motivo de colaborar con la Feria del Libro de Granada, recomendando una lectura, empezaré etiquetando este libro como una bildungsroman o novela de crecimiento, en la que como lectores acompañamos a David en su transición entre la infancia y la edad adulta:

Aunque otros te ayudaron en tu viaje, fueron tu fuerza y tu valor los que te hicieron comprender tu lugar en ambos mundos, tanto este como el tuyo. Cuando te encontré eras un niño, pero ahora te estás convirtiendo en un hombre” (p. 308)

Sin embargo, como buena servidora del kaos que soy (por algo mi proyecto es “Entropía Cultural”) y adoradora de las espirales (en especial, los fractales) me veo obligada a destacar el carácter circular, dinámico y singular de cada existencia. Cada fin es un comienzo. La muerte de la madre es el inicio del viaje del héroe, a través de sus miedos y su propio imaginario.

Había estado tanto tiempo aterrado por la idea de perderla que nunca había disfrutado realmente del tiempo que habían pasado juntos cuando se acercaba su final” (p. 204)

Al llevar a los niños a su mundo, había cambiado el reino. Los niños llevaban con ellos sus miedos, sus sueños y sus pesadillas, y aquella tierra los hacía reales” (p. 283)

En esta novela además, los cuentos clásicos -cuyos originales son rescatados en la segunda parte del libro como fuente bibliográfica en un excepcional trabajo filológico- destacan por su valor simbólico, es decir, por su función educadora y constructora de nuestra identidad, mediante la creación de referentes que den significado a nuestros principios morales. Pero dándoles una vuelta de 180 grados, como en los hilarantes enanos marxistas de la gorda y malhumorada BlancaNieves:

A menudo no tenía ni idea de loq ue decían, pero, para ser un grupo de gente pequeña homicida obsesionada con la lucha de clases, eran bastante divertidos” (p. 146).

Aunque quizás de esta revisión lo que más me haya llamado la atención es la información del epílogo comentando las versiones, en particular la de nuestro país:

Los españoles se llevan la palma al pedir una botella de sangre, con un dedo del pie a modo de tapón” (p. 379)

Así, las “cosas perdidas” de este libro son los recuerdos, pues somos precavidos y guardamos objetos que nos sirven para construir nuestra identidad:

David no volvió a casarse y no tuvo más hijos, pero se convirtió en escritor y publicó una novela. La llamó El libro de las cosas perdidas, y el libro que tienes en tus manos es el libro que él escribió. (…) Es tan cierto como puede serlo cualquier cosa en este mundo, porque así es como lo recuerda” (p. 315)

Pero, si por algo recomiendo este libro, sin menospreciar lo anterior, es por su apasionada defensa de las historias, del artefacto libro, de la deliciosa bacteria de la literatura que nos infecta y nos protege de las inclemencias de la existencia, ofreciéndonos un refugio y un lugar desde donde ejercer nuestra resistencia:

Su territorio era la tierra de la imaginación, el mundo donde empiezan las historias, y las historias siempre están buscando la forma de ser contadas, de cobrar vida a través de libros y lecturas” (p. 274)

Cuando una persona empezaba a leerlas, podían empezar a cambiar, podían echar raíces en la imaginación y transformar al lector. La madre de David le susurraba al oído que las historias querían que alguien las leyese (…): querían que les diésemos vida” (p.21)

Así que con eso me quedo, con lo emotivo y enriquecedor que es leer en voz alta, compartir cuentos, inventar narraciones, imaginar relatos. Y no solo en la literatura, sino en nuestro día a día.

Queridxs lectores: cojan un libro, apóyense en su lectura y arriesguen su experiencia en ella. No necesitamos tanto como nos venden: tenemos un bosque lleno de aventuras en el que somos lxs protagonistas.

3 comentarios en “Todo lo que perdemos, lo olvidamos y de ahí lo que somos”

  1. Muchas gracias a Entropia Cultural por recordarnos que aun podemos imaginar inspirarnos, crear y recrearnos en múltiples universos…como la niña…niño que un día fuimos…no es tarde para recordar…y recuperar

    1. La Lectora Profesional

      Sí, Luna Negra: la memoria es una espiral que nos recuerda que el movimiento no es en círculos, porque en cada repetición hay una pequeña diferencia, que de paso, construye nuestra identidad 🙂

  2. Por pura casualidad llegue aquí y me pareció interesante leer este artículo, mi niña está comenzando 1 er año y le pidieron un libro para leer y compartir. Creo que voy a revisar este en particular.

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